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Mujer y madre, una difícil conciliación
Esther Bromberg, Asociada de NEL Maracaibo

Trabajo producto del Cartel intersede: Deseo de Madre, Deseo de Mujer, + 1: Carolina Pouchet preparatorio para las jornadas NEL México 2018

El comentario de una joven esposa sin hijos durante una fiesta, refiriéndose a sus amigas contemporáneas, embarazadas o madres recientes, abre el espacio a la pregunta que orienta el presente trabajo. Esta mujer parece no reconocer a sus amigas, quienes en ocasiones similares bailaban, cantaban y disfrutaban igual que ella, mientras que ahora permanecen sentadas hablando de los hijos, o acariciándose el vientre las embarazadas, si acaso no están tomándose fotos apretando la ropa para que destaque lo abultado del cuerpo. Ella ha dicho que la maternidad ha convertido a sus amigas en extrañas. La frase textual ha sido: "con la maternidad parece que dejaras de ser tu". Entonces, ¿qué hace distinta a una mujer cuando se convierte en madre?

Desde el punto de vista de la vida psíquica, el hijo causa una división entre madre y mujer en el sujeto que accede a la función materna, abriendo una distancia entre ambas. Del mismo modo, la cultura les otorga posiciones muy diferentes. Mientras que distintos matices de subordinación y discriminación pincelan el lugar de las mujeres a lo largo de la historia, las madres, en su conjunto, representan una jerarquía con peso social y político que hoy día prevalece más allá de la declinación de la sociedad patriarcal, según lo explica Marcelo Barros[1], añadiendo que el hijo une a las madres en un modo de gozar. Se trata entonces, de un modo de goce expuesto, que tiene un quehacer honorable. En este sentido, el hijo representa para las madres un síntoma en común.

Es interesante como el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco capta esta sutileza en su poema de 1955, Los hijos infinitos, como lo expresa en uno de sus versos:

Cuando se tiene un niño, se tienen tantos niños que la calle se llena
y la plaza y el puente, y el mercado y la iglesia
Y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle y el coche lo atropella
y cuando se asoma al balcón y cuando se arrima a la alberca
Y cuando un niño grita, no sabemos si lo nuestro es el grito o es el niño o es el grito…

Miller llega a preguntarse si la maternidad, como solución honorable de la feminidad, es auténtica desde el punto de vista analítico. Para responderse establece una precisión que opone madre y mujer. La madre, es el Otro a quien se demanda sus favores, y es quien accede o se niega a concederlos. Es el Otro por excelencia del que somos dependientes "La madre es el Otro al que hay que demandar en su lengua, cuya lengua hay que aceptar para hablarle"[2]. Así, mientras la madre es el Otro que prodiga su opulencia, su tener, por el contrario la mujer, en lo inconsciente, es el Otro que no tiene, el Otro del no tener. "La mujer es el Otro deseable, es el Otro del deseo y no de la demanda. No tiene nada para dar, salvo su falta, los signos de su falta. Todo lo opuesto de la madre"[3]. Freud, en su texto de 1925 "Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos" al tratar sobre las transformaciones de la posición subjetiva de la niña, plantea que ante su no-tener, reemplaza su anhelo del pene por el anhelo del hijo. Se propone una equivalencia pene=hijo.

Visto desde la perspectiva del tener, la madre se ubica del lado masculino de las fórmulas de la sexuación, ese sistema de fórmulas que Lacan estableció en su Seminario 20 para dar cuenta de la diferenciación entre la sexuación masculina y la femenina, quedando claro que la ubicación en uno u otro lado no depende del género, ni de ningún relativismo cultural, sino del modo como cada sujeto se posicione en relación al predicado fálico. "Se goza como hombre o como mujer, sin que tenga nada que ver la biología. Se goza del modo hombre cuando toda la satisfacción se obtiene a partir del goce fálico y se goza del modo mujer cuando, además de eso, también se goza de otro goce"[4]. Existe un goce suplementario para la posición femenina, un plus de goce.

Es así como la exigencia del sujeto femenino, como lo indica Laurent[5] es de un goce distinto al goce fálico. Se trata de una relación particular con el goce, más allá del falo. Pero, en tanto madre, ella está sujeta a la función fálica, a la del sujeto que tiene y se le demanda responder. La salida femenina de la maternidad se entrecruza así con la posición masculina, y, como sujeto se dirige al objeto a que es el niño. El niño, identificado con el objeto de deseo materno, adquiere un valor fálico.

Entonces, al igual que el hombre, la madre tiene. Por tal razón la posición de madre, a diferencia de la posición de mujer, padece de la amenaza de castración y supone la perspectiva de perder. Además, madre y hombre se asemejan en la preocupación por el desempeño. Y en ocasiones ni el hijo ni el miembro viril responden como se espera. Por tanto, en ambos, se trata de un tener sintomático.

Lacan nos hace una indicación, que resultó muy controversial en el momento de su formulación, al afirmar que es imposible construir un universal femenino, por lo que "La Mujer" no existe. Frase a partir de la cual Luis Darío Salamone señala que simplemente no hay en el inconsciente un significante equivalente al falo con el cual se cuenta del lado hombre. "Esto conlleva una disimetría que torna imposible el encuentro entre los sexos. El campo de batalla para dicho encuentro es el amor…El amor tiene la costumbre de irrumpir en ese vacío. La demanda de amor apunta a recibir el complemento del Otro, lugar de la palabra y de la carencia"[6].

El sujeto femenino, al mismo tiempo que se dirige al hombre en busca del falo que añora, consigue como madre taponar su no-toda con el objeto a que es su hijo. Siguiendo a Lacan en el Seminario 20, "el goce de la mujer se apoya en un suplir ese no-toda. Para este goce de ser no-toda, es decir, que la hace en alguna parte ausente de sí misma, ausente en tanto sujeto, la mujer encontrará el tapón de ese a que será su hijo"[7]

De esta manera, la maternidad, recubriendo ese no-toda, vehiculiza algo del goce femenino suplementario. Al mismo tiempo que, de acuerdo a Marcelo Barros, "el hijo funciona como ancla sintomática que permite estabilizar al sujeto respecto de aquello que lo extravía"[8] Añade que, se es hijo de una madre y también de una mujer. Y la castración no es más que la consecuencia del descubrimiento que hace el hijo de la mujer que habita en la madre.

Pero, la maternidad no tapona completamente, puesto que en toda madre hay, en mayor o menor grado, una mujer que desea otra cosa más allá del hijo. En otras palabras, la madre, en tanto mujer, guarda un deseo que excede a su hijo, lo cual configura en la subjetividad del niño el enigma acerca del deseo del Otro. Encontrar a la mujer en la madre es algo que puede resultar temible. La práctica clínica así nos lo devela constantemente.

A modo de conclusión, diremos que no existe un ser-de-madre. No hay el universal ni de la mujer ni de la madre. Se es madre una por una, al igual que se es mujer una por una. Al decir de Silvia Elena Tendlarz[9], una por una cada mujer se sitúa frente a la maternidad por la aceptación o por el rechazo, por el deber o por el deseo, como "toda madre" o como mujer no-toda. Madre y mujer se entrelazan. Conciliar la posición de madre con la posición de mujer es la apuesta que hace el psicoanálisis, sobre el fondo del enigma de la sexualidad femenina.

NOTAS

  1. M. Barros. La Madre. Apuntes Lacanianos
  2. J. Miller. Donc. La lógica de la Cura. p. 262
  3. J. Miller. Óp. cit. p.263
  4. G. Dessals. De Mujeres, de amores nuevos, y también los de siempre.
  5. E. Laurent. El goce sin Rostro. P 171
  6. L. Salamone. El Amor es Vacío. P. 17
  7. J. Lacan. Seminario 20. Aún. p.47
  8. M. Barros. Óp. cit. P. 49
  9. S. Tendlarz. Lo que una madre transmite como mujer. Varité. Abril 2011