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Rodolfo Rojas Betancourt

A lo largo de este cartel que hemos hace poco concluido, por mucho tiempo me pregunté porque el psicoanálisis, en ciertas situaciones, produce un rechazo que ha llegado hasta proferir declaraciones, prohibiciones y ataques.

Vale recordar las iniciativas que hasta hace poco se dieron en Francia y de forma más reciente en España para prohibir el tratamiento psicoanalítico a autistas. En España una asociación de padres, con una madre presidenta llevaba la iniciativa.

Esta madre anti-psicoanálisis tuvo su respuesta en un padre de un niño también autista, psiquiatra, que salió en defensa de la práctica analítica como tratamiento posible (Maxímov, 2016).

En todo caso, han sido varios los movimientos en contra del psicoanálisis, en diversas épocas, magnitudes y desde sus inicios: ya Freud fue mandado a callar por cierta paciente histérica, ante lo cual tuvo el psicoanalista la genialidad y grandeza de dejarse enseñar, enseñar del padecimiento de su analizante.

Más adelante se tildó a Freud de que toda su teoría giraba en torno a lo sexual, que era terrible que diga que el niño es un "perverso polimorfo", descontextualizando su obra.

Al contrario, hay también, personas con mucha transferencia al psicoanálisis, lo estudian, se analizan o lo respetan.

De estos dos extremos de cuerda, hay todo un tramo intermedio. Uno me interesa en particular: ¿debe estar el psicoanálisis en la universidad?, sin duda, en qué calidad, es discutible…pero también allí hay rechazos de todo tipo:

No me refiero aquí al debate que efectivamente debe haber en la academia sobre corrientes de pensamiento, debate más bien deseado y del cual emanan avances epistémicos (Bachelard, 2000), tampoco me refiero a la duda razonable de ciertas instituciones, educativas, por ejemplo, que tienen reparos de que al hacer excepción a la norma, se pierdan los límites y reine el caos, posiciones que ante argumentos y con la constatación de efectos, pueden cambiar, o en todo caso respetar: circula la palabra.

Me refiero a la posición subjetiva de un no querer comprender, sino erradicar todo lo que tenga que ver con lo real en juego cada vez. Al no querer comprender, lo que se da es una escalada de acciones y confrontaciones: "la violencia crece donde decae la palabra".

Entonces: ¿porqué? ¿de donde tanta violencia?

De la mano de Nietzsche, surgió un camino, con una frase: "A veces, la gente no quiere escuchar la verdad porque no quieren que sus ilusiones se vean destruidas".

En el "Malestar en la cultura", Freud señala que, en el proceso civilizatorio, los ideales, los valores, la esperanza, etc., son el tratamiento para recubrir el malestar sufrido por el tratamiento dado a la pulsión para poder vivir en sociedad.

Es decir que, como primera conclusión, podría decir que la violencia proviene del movimiento cultural de velar, acallar el real en juego: el malestar en la cultura, la muerte, la castración, el goce, la no existencia del Otro, la no relación sexual.

Este movimiento de velar, de negación, en ciertas personas e instituciones es proporcional al malestar que se les torna insoportable y que les impulsa a rechazar al psicoanálisis en tanto opera en el sentido contrario, es la pasión por la ignorancia: "La pasión por la ignorancia en tanto que horror al saber es inherente al ser humano" (Durand, 2011).

Por otro lado, este no querer saber es inherente a todos: es la resistencia que no desaparece de una vez y para siempre, sino que insiste, la que finalmente tomó a la IPA dejada por Freud para dejar de orientarse por el inconsciente y pretender hacer entrar al psicoanálisis en los conceptos de la Psicología General (Lacan, 1971).

Lacan en su Seminario 1, explica que "(…) para que la represión sea posible, es preciso que exista un más allá de la represión, algo último, (…) es el centro de atracción que atrae hacia sí todas las represiones ulteriores".Dirá"…que es la esencia misma del descubrimiento freudiano".

He aquí el valor del vacío, que opera como lugar lógico que atrae de forma permanente respuestas, pero que no se colma y que la violencia de no querer saber nada de eso intenta estragar.

Por el contrario, Durand nos dirá que "Cernir este no querer saber y, hasta cierto punto, atravesarlo, dará lugar a lo que Lacan llamará el deseo del analista…", (2011).

Complementa Miller, que nos dice: "Ser analistas no es analizar a los demás, sino en primer lugar seguir analizándose, seguir siendo analizante. Como ven, es una lección de humildad. La otra vía sería la infatuación, es decir si el analista creyera estar en regla con su inconsciente. Nunca lo estamos".

Con lo cual concluiré, al decir que el valor propio de una escuela lacaniana es cuestionarse de forma permanente sobre qué es ser un psicoanalista. Esta interrogación permanente constituye un elemento vacío, como elemento lógico, que, si bien al atraer respuestas y en este sentido va a contra corriente del "no querer saber nada de eso" (Lacan, 1995), pierde fuerza cuando se cree que se ha encontrado la respuesta, un ideal propio o común a la escuela.

BIBLIOGRAFÍA