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Dique y remanso: la república de los carteles
Antonio Aguirre Fuentes

Cuando Jacques Alain Miller habló de la República de las Letras, como un dique al caudal aplastante de información global y digital que nos llega como una tsunami, propuso esta república en cada lugar para canalizar, con experiencias locales, particulares, el imperio globalizador.

El libro de Marc Fumaroli "La República de las Letras" nos describe un tejido simbólico hecho por los humanistas europeos de los siglos XV y XVI, inspirados por la vida y obra del poeta Francesco Petrarca. Dieron inicio a una república metafórica, pero no utópica, que se sostenía en conversaciones, epístolas y ensayos. Tenía como propósito armonizar el espíritu grecolatino con el cristianismo, la fe de todos ellos. Querían que esa república prevaleciera y sobreviviera antes que el orden jerarquizado y escolástico de la Iglesia y sus universidades, permaneciendo también a la justa distancia de los regentes políticos de ciudades y países.

Con los carteles lacanianos buscamos un tejido similar. El cartel practica la conversación amistosa y constructiva, que puede desembocar en la escritura, para abrir un saber a los otros que también hacen esta pequeña república llamada Escuela. El cartel hace vivir el momento de la enunciación, de lo que Lacan llamaba la "acción simbólica", donde se está más cerca a una palabra plena - término lacaniano de los años 50, en el Escrito "Función y Campo..." o en los seminarios I y II -, una palabra que tiene función reveladora, inédita, o si se quiere, inaudita. Los integrantes del cartel están como testigos, tanto de esa revelación como de las dificultades con las que se presenta el toque de lo real propio de cada sujeto.

Michel Foucault en su exposición "El orden del discurso" describe el movimiento histórico que nos condujo de una voluntad de verdad a una voluntad de saber. El tiempo de la "verdad superior" se pronunciaba con fuerza profética y realizadora. Era la palabra que impresionaba y conmovía a hombres y mujeres. El cambio llegó cuando se instaló una voluntad de saber donde el enunciado se autoriza del saber referencial que connotaba. Predominio del texto en tanto acumulación de saber. En suma, la bibliografía, tan cara al discurso universitario.

Añadamos, para el reporte de nuestros días, en nuestra región, que la enunciación retornó en el escenario de la demagogia de los líderes sociales, donde: "...es requisito indispensable sostener con tesón durante un tiempo considerable un número cada vez más extendido de puras y simples mentiras" (Lacan, en Mi Enseñanza, hablando del comunismo).

Las instituciones analíticas, como la AMP y sus escuelas, soportan el flujo global de información y nuevas tecnologías de soporte, imperativamente adoptadas. Ellas también alimentan esa tsunami digital: boletines, informativos, radiotransmisiones, textos de varios tipos.

El cartel, puerta de entrada y órgano de base de la Escuela, es también un reducto, un refugio y pequeña base de operación, contra el malestar informativo, exógeno y endógeno. El cartel es el dique que permite un remanso para la palabra viva, para la enunciación de cuerpo presente, en una conversación, no jerarquizada, ni como tarea colectiva asignada. El cartel es una pequeña república de las letras, una audiencia reducida a cuatro o cinco, donde el sujeto, solo él, es el responsable de su relación con el saber.