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Las violencias y el vértigo social
Síntoma y defensa
Silvana Di Rienzo

Las violencias y el discurso de la hipermodernidad.

La violencia no es característica exclusiva de nuestros tiempos, ha estado presente en todas las épocas bajo distintas modalidades. Ineludible presencia de la pulsión de muerte en el sujeto, imposible de domeñar por los esfuerzos civilizatorios y educativos, como ya lo manifestaba Freud.

Sin embargo el mundo contemporáneo nos presenta coordenadas particulares a considerar al pensar la clínica del sujeto, ya que siendo seres de lenguaje no es posible pensarla por fuera del discurso de la época. En ese sentido, podemos preguntarnos si en el terreno de las violencias, las particularidades de la hipermodernidad imprimen características singulares a las violencias contemporáneas.

En la época del Otro que no existe asistimos a un afán globalizador liderado por el discurso científico y capitalista. Por otra parte, si en la época freudiana el superyó era una instancia de censura y represión, con los ideales por sobre el objeto, para el superyó de la civilización hipermoderna se trata de un imperativo que empuja al goce.

J.-A. Miller decía que la "moral civilizada" en el sentido de Freud, daba una brújula, un punto de apoyo a los desamparados, sin duda porque inhibía, pero que los sujetos contemporáneos, hipermodernos, se presentan como "desinhibidos, desamparados, sin brújula, desorientados"[1]. Lacan en Radiofonía hablaba ya del "ascenso al cenit social del objeto a", que en tanto plus de goce se rige por el sin medida, reflexión tomada por J.-A. Miller en su conferencia de Comandatuba para delinear el discurso de la hipermodernidad comandado por el objeto a.

Por tanto, si los objetos plus de goce comandan el discurso y se imponen al sujeto, al no contar con los ideales que ordenaban ni con el Otro del orden simbólico que regulaba por lo menos al modo en que lo hacía antaño, el sujeto tiene liberado el camino para ir tras su plus de goce atravesando cualquier inhibición, y esto con el signo del imperativo.

Las modificaciones históricas y los cambios discursivos de las épocas se articulan con las posiciones del sujeto frente al discurso, modificaciones en el régimen de goce y en la forma de vivir la pulsión. En ese sentido si en la época freudiana el síntoma histérico viene denunciar un discurso que intentaba domesticar e inhibir el goce, en la época actual las violencias como síntoma contemporáneo, ¿no vendrían a poner en evidencia un discurso que, comandado por el objeto a, empuja a gozar, sin inhibiciones, con la promesa de un goce todo posible? Dando cuenta así de lo fallido de un discurso comandado por el plus de goce, atravesado además por un afán globalizador cuando en el campo del goce, en tanto singular, Uno, de cada quién, no hay reciprocidad posible. "No sabemos lo que es el goce con el que nos podríamos orientar. Solo sabemos rechazar el goce del otro"[2].

Frente al empuje al goce por un lado y al inevitable rechazo del omnipresente goce extraño del otro, ¿podrían pensarse las violencias, manifestación de la pulsión de muerte sin velo y sin inhibición acorde a la época, como un intento de eliminar el goce otro en el afán de alcanzar el plus de goce, posible, todo, del sueño hipermoderno?.

"El racismo cambia sus objetos a medida que las formas sociales se modifican, pero según la perspectiva de Lacan, siempre yace en una comunidad humana el rechazo de un goce inasimilable, resorte de una barbarie posible"[3].