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Productos de carteles sobre el deseo
¿Cómo se afecta el tiempo en análisis? Sobre el deseo
Roberto Salazar

Nadie, en un estado de neutralidad, puede percibir la pulsación del Tiempo. Para lograrlo, es necesario un malestar sui generis, favor que procede de no se sabe dónde.
Emil Cioran

Este escrito pretende seguirle el paso a un desarrollo más extenso y en el que aún trabajo, sobre el tiempo y su tratamiento a través de distintos discursos: ciencia física, filosofía, literatura y psicoanálisis. Daré cuenta acerca de la temporalidad y el deseo a partir del trabajo de cartel que llevé a cabo durante algo más de año y medio, pero en donde sabemos que el tiempo cronológico es efímero y el lógico cuenta…apenas.

Jacques Lacan en los inicios de su enseñanza propondrá El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma en donde de una manera brillante sacará al tiempo cronológico del juego del inconsciente para proponer el tiempo lógico, en donde una gramática específica se le opone al simple transcurrir temporal. Las consecuencias epistémicas y clínicas no son pocas, algo que a partir del desarrollo de sus seminarios irá elaborando.

Pero conocemos a Lacan y sabemos que pocas veces se mantiene en sus treces con respecto a su "teoría". Por el seminario 20 agujereará la lógicadel aserto y pondrá sobre el tapete algo que no había podido entrever antes: la pulsación del objeto. Esa mirada del otro, presente en el apuro que precede al momento para concluir, es señalada por Lacan como fundamental en la escena de los reos.

Es ese momento del aserto donde el sujeto vacila de lo que es aunque ya lo presupone, vacilación intemporal que necesita a la mirada del otro para sacarlo de la misma y hacerlo entrar en la prisa del momento para concluir. Para Lacan es la vacilación producida por la presencia del objeto mirada lo que hará que un breve periodo de tiempo, un segundo, un instante, un momento se haga, digamos, eterno.

La eternidad resulta la antípoda del tiempo. Desde la filosofía conocemos el no transcurrir del tiempo como asociado a lo eterno. Soren Kierkegaard nos advertía del oxímoron del instante eterno, momento del encuentro con la libertad radical. Friedrich Nietzsche nos dará una pista importante a través de Zarathustra, en tanto que la temporalidad es un eterno retorno. Las cosas suceden una y otra vez, condenadas, como Sísifo, a iniciar y acabar de forma idéntica. Esto nos resuena a lo que nosotros llamaremos repetición.

De alguna manera el eterno retorno de lo mismo es una eternización. Nietzsche lo sabe, conoce lo abismal que es saber que estoy condenado a repetir. El hablanteser también lo sabe. Sabe que siempre le pasa lo mismo una y otra vez, algo lo retiene siempre en el mismo circuito y no entiende por qué.

Tenemos entonces una repetición que está asociada a lo eterno, a la inmovilización del tiempo. El tiempo doblado, alabeado, afectado por la presencia de lo eterno de la repetición. Lacan nos propone la repetición como un concepto fundamental de su enseñanza, trabajado en su Seminario 11 tanto del lado de la transferencia como del lado pulsional en tanto "tyche".

Podemos decir que lo pulsional es expresado en la gramática de la repetición. Conocemos el circuito pulsional del mencionado seminario, en donde la pulsión es esa especie de flecha curva, inacabable. El tiempo apenas se transcurre: hablamos de pura pulsión, una y otra vez, eterna. El tiempo de la pulsión es infinito.

¿Qué rompe con esta no-temporalidad, con esta eternidad? Propondremos el deseo. El deseo es lo que aparece como incapturable por estructura alguna. El deseo, de múltiples acepciones como muestra este cartel, no es discernible en un "Aquí" o en un "Esto". Es evanescente en tanto es causado por la hiancia entre los significantes para representarse, en tanto no hay relación sexual. El deseo aparece como lo que no puede estarse quieto, satisfecho. Por un lado lo estático y eterno de lo pulsional, por otro lo dinámico y fluido del deseo.

Repasemos un poco más el deseo. Sigmund Freud nos proponía que el infans, a diferencia de lo que piensa Inmanuel Kant, no nace con un sentido de espacio y tiempo. El niño no puede distinguir adentro-afuera, antes-después. Como si del mito de Aristófanes se tratara, en el principio había uno. Serán las intrusiones del otro que fundaran un mínimo lugar entre Yo-No Yo. Al intruso lo llamará Lacan el lenguaje (luego dirá lalengua). Queda un hiancia entre el adentro y el afuera, en donde se funda el espacio-tiempo del sujeto, post hoc.

Pero sabemos que existen experiencias en donde lo que está afuera resuena como si fuese parte de lo que está dentro. Como si se encontrasen las almas gemelas de Aristófanes. Esa suerte de Deja-Vu, de grito, de llanto, de marca del Otro que es reflejo de lo que alberga en su interior el cuerpo, el sujeto.

El deseo será entonces esa inadecuación de lo que resuena como lo mismo. Eso tan afuera que me resuena tan adentro, esa intrusión del otro que resulta tan mía, esa extimidad es posible a partir de la piedra en el zapato que es el deseo, en tanto denuncia su no completa adecuación. Si no tenemos la inadecuación, el aun-no del deseo, tenemos lo eterno de lo mismo.

Recordemos las famosas magdalenas de Marcel Proust. En su célebre En busca del tiempo perdido Proust nos narrará de forma magistral como se topa con una experiencia que le suena familiar. No logrará descifrarla si no hasta que recuerde que el comer magdalenas mojadas en té le harán semblanza con una época de su vida anterior, en Combray, con su tía. Esta rememoración le hará entrar en un tiempo: apertura de un tiempo propio, de dos momentos que se bifurcan por contingencia, producto de una extimidad que funda una temporalidad que nada tiene que ver con lo cronológico, como nos dice Freud cuando señala que el inconsciente es atemporal.

Contra lo rígido, contra lo atemporal, Lacan trabajará buena parte de su enseñanza. En un inicio de su teoría la cosa va por liberar al sujeto de su sobredeterminación significante, donde yace su verdad. En otro momento, resulta en atravesar el fantasma fundamental, coagulación del deseo por parte de una significación congelada.

Ahora bien. El deseo cobra gran partida durante buena parte de la enseñanza de Lacan. Sin embargo, el mismo Lacan lo irá rebajando y pasamos a hablar del goce. En el binarismo que nos propone Jacques-Alain Miller, el deseo está del lado del otro y el goce del lado del uno. Toca ir en un análisis más allá de sentido, del fantasma, del Otro, para poder tocar lo real que se repite eternamente y que es piedra angular de la existencia.

Lo real, la letra de goce que en última instancia nos determina, es la orientación que nos propone Miller. Allí no habrá liberación posible: de eso eterno no hay cura, es el hueso. Acá volvemos, si lo vemos bien, al eterno retorno de lo mismo. Está el tiempo intemporal, el tiempo eterno de la marca de goce que echará a correr toda la maquinaria inconsciente que es posterior. Previo al Otro, como si dijésemos "En el principio había goce" aunque digamos inmediatamente que no hay ontogénesis del sujeto.

La gran pregunta del psicoanálisis actual es como poder tocar algo de lo intemporal con lo simbólico, puesto que sabemos que al usar la palabra metemos al Otro de lleno en lo Uno. Como lo absoluto es tocado por lo sacrílego de lo parcial. De lo necesario a lo contingente, premisa de todo tratamiento posible.

Respondamos a la pregunta que encabeza este escrito. ¿Cómo se afecta el tiempo en un análisis? Si hacemos binario el tiempo (y lo hacemos, sabemos, para poder desear), tenemos un tiempo que no pasa, el del goce y uno que pasa, el del deseo. ¿Qué implicaciones tiene esto en la clínica?

Si seguimos la indicación de Miller de buscar "el que goza allí" en vez de "que quiere decir", el análisis se va por la vía de desmontar identificaciones, acabar con el sentido, arrasar con los escabeles para llegar al goce mismo de la letra. Sin embargo, la clínica del día a día o la de los AE nos dice que eso no es posible sin pasar por los vericuetos de la verdad, el Otro y la novela familiar.

Ya el analista mismo es un otro, heterogéneo al uno. Si la transferencia funciona, el analista se coloca en el lugar del objeto, o como productor de trauma, pero sin ser el objeto o el trauma mismo. Si esto pasa, tenemos una estructura con un simbólico muy debilitado. El analista es extimo: toca lo más adentro pero estando afuera. Lo real no se atrapa sin más, es necesario un rodeo.

El analista será entonces un acelerador/desacelerador de tiempo. Buscará fundar el tiempo psíquico haciendo una intrusión en sujeto. Una intrusión que lo saque de lo que es idéntico y funde una alteridad mínima que le permita al sujeto tejer la trama de su historia. La intrusión no es importante, puede ser un silencio o un grito. Lo que importa es que toque algo del hablanteser que tiene enfrente para que pueda hacerse cargo de eso que le pasó-le pasa-le pasará.

Más que controlador, le toca dar lugar al tiempo del sujeto. Le toca aguardar por momentos eternos que aun no entran en el tiempo. Le toca ser paciente con temporalidades evanescentes. En última instancia, será el sujeto el que se deje causar.

Si avanzamos al ultimísimo Lacan, ese momento de choque entre lalengua y el cuerpo, ombligo de toda dialéctica del análisis, roca de la castración, será (hasta que el deseo nos obligue a ir más allá, puesto que no se satisface) el punto de basta, el fin de la cura. Pero lo será en tanto que pueda tolerarse en una historia, que entre mínimamente en un tiempo, en un espacio-tiempo que cada uno se construye en su análisis. ¿El saber hacer con eso no es una manera de convocar al sinthome a una suerte de fin en tanto profanado por lo contingente? ¿De la deflación del deseo a la deflación del sinthome?

El deseo en el análisis nos embarca, como a Proust, en la búsqueda de nuestro tiempo perdido y quizás, después de muchas páginas, nos topemos con un tiempo recobrado. La vuelta, empero, siempre es posible.

Hasta aquí.