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La función de lo imaginario en Donna Williams
Ana Cristina Ramírez

No se podría afirmar que el autismo no sea un tema de interés en estos días. Los desafíos que presenta en la clínica interrogan a todos los que se ven por él concernidos, incluidos nosotros los psicoanalistas. Siguiendo la orientación de J. C. Maleval de escuchar a los autistas, me he interrogado acerca de las enseñanzas que se pueden extraer del testimonio de Donna Williams, una mujer australiana que fue diagnosticada como autista a los 26 años y que ha escrito varios libros dando testimonio de su vivencia.

Su testimonio me condujo indudablemente a preguntarme: ¿Qué es lo que le permite hacerse de un cuerpo y de un yo?, en otras palabras ¿Cómo logra armar consistencia, si consideramos que lo imaginario consiste en la medida en que opera la castración? En esta ocasión, es su testimonio el que nos desafía a revisitar nuestros conceptos y a pensar cómo se constituyen nuevas consistencias de lo imaginario.

Cuerpo cáscara
A diferencia de Joyce, su cuerpo no se desprende como una cáscara[1]. Más bien, lo que dice Donna Williams es que no puede arrancarse esa cosa bastarda de encima[2] que la asfixia en esa vivencia que ella llama la Gran Nada Negra y que la invade con la inminencia de la muerte, es así como lo describe:

"El alarido silencioso siempre estallaba en mi cabeza y se esparcía por la habitación (…) En el vacío no hay conexiones. La voz que aúlla ni siquiera te pertenece, porque no hay tú y no hay voz. Sólo hay ojos que no registran nada en una obscuridad mental y oídos que oyen sonidos tan distantes e inalcanzables como si estuvieran al otro lado de la Tierra. En la nada no hay cuerpo que pueda ser confortado y el tacto sólo confirma la sensación, ya dolorosa, de esa cosa pegada a tu exterior de la que tienes que escapar."[3]

Cosa bastarda de encima, concha de carne, cosa pegada al exterior, son formas en las que Williams, quien se declara autista, da cuenta de la relación con el cuerpo en esos apagones de sentido. A sus 26 años, descubre que no se trataba de la inminencia de la muerte, sino de la presencia de sus "propias reacciones, retardadas, fuera de contexto"[4]. Decir que era una vivencia de muerte, es ya una interpretación que ella hace a posteriori, porque lo que se constata en su testimonio es que la irrupción de los afectos hacían estallar el cuerpo: brazos que se agitan, piernas que corren, cabeza que se golpea contra la pared, voz que aúlla. Así, una y otra vez, varias veces al día, todos los días.

Hasta que "en algún sitio de aquel grito interior, [dice ella] Willie se convirtió en mi refugio y en mi escape, en un modo de aliviar la sobrecarga sin expresarme."[5] Willie y Carol, son los nombres que ella le da a dos formas en las que podía funcionar sin experimentar la vida. Willie es descrito como un acumulador de datos en un mundo de hechos y Carol, cuya imagen tomó de una niña con quien se encontró una sola vez en el parque, tenía un lenguaje que imitaba el de los discos de cuentos, los anuncios y las conversaciones almacenadas de las series de televisión.

Primera solución, tratamiento del goce deslocalizado por identificación a "imágenes (…) demasiado totales y [que] suponían una completa denegación del yo"[6]. La identificación masiva a estos personajes, es así como los llama, le permite reconducir la irrupción de los afectos a ataques de pura manía salvaje o a una obsesión extremadamente concentrada[7],al costo de la denegación del yo. De tal manera que sus pensamientos eran repeticiones en espejo de las ideas de otros, los sonidos ecos sin sentido de lo oído y las palabras una colección de definiciones literales y de frases almacenadas. Williams define justamente su autismo como un estado de alienación total, en el que era un "sujeto bajo hipnosis, totalmente susceptible de cualquier programación o reprogramación, sin oposición y sin ninguna identificación personal"[8].

Lacan, en el estadio del espejo, diferencia dos lugares: el del cuerpo incoordinado y fragmentado, lugar de las pulsiones parciales y el de la imagen plana, sin vida a la que el sujeto se aliena. En el caso de Williams, hay alienación a la imagen, con exclusión de todo lo que sea del orden del cuerpo como substancia gozante. Se produce así, un funcionamiento del cuerpo muy particular en el que está afectada la experiencia subjetiva de tener un cuerpo e incluso la percepción de la respiración, el hambre, las funciones excretoras, el dolor, la temperatura, la propiocepción. A falta de esto, desarrolla un sentido corporal exterior, utilizando a los otros como espejos, como un mapa externo –lograba saber qué lugar ocupaba en el espacio por las reacciones de otros, la percepción de su estatura variaba de acuerdo a la de la gente con la que estaba– pero sin posibilidad de generar un sentido interior de su cuerpo –si tocaba su pierna, sólo sentía su mano o su pierna, pero no en ambos al mismo tiempo.

Williams alcanza un orden de consistencia en tanto se identifica masivamente, es decir, en tanto es esa imagen fuera de sí de manera unívoca y total, como un clon de una sola pieza, pero sin nada que ancle la multiplicidad de las imágenes en un punto que le permita decir "esa soy yo"; imagen como tratamiento del goce que invade el cuerpo, pero sin la operatoria de la castración, esto es sin escritura del rasgo unario y sin –φ.

NOTAS

  1. Lacan, J. (1975 – 1976) EL SINTHOME. EL SEMINARIO DE JACQUES LACAN LIBRO 23. Editorial Paidós. Buenos Aires (p. 146)
  2. Todas las palabras que aparecen fuera de las comillas en letra cursiva, son expresiones de Donna Williams.
  3. Williams, D. (2012) Alguien en algún lugar. diario de una victoria contra el autismo. Nuevos Emprendimientos Editoriales S. L. Barcelona (p. 125)
  4. Williams, D. Op. Cit.
  5. Ibid. p. 20
  6. Ibid. p. 242
  7. Ibid. p. 125
  8. Ibid. p. 15