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Agonía del Eros: imagen, obscenidad, canibalismo
Mario Uribe

La exposición obscena de lo íntimo resulta del nuevo estatuto de la mirada en una cultura desafectada del velo del pudor asociado a la represión pulsional y sin vergüenza. El Otro de la falta es reemplazado hoy por un Otro intacto: el mercado capitalista. Este discurso promueve un mundo ¿feliz? sin falta, un régimen de goce directo sin fantasma, y una mirada no inscrita como objeto pulsional perdido, a saber excluida de la simbolización de la cultura. La mirada así naturalizada deja de ser invisible y no cesa de hacer retorno en la pantalla global como causa de goce de una realidad desvelada. Reducida la distancia originaria entre el Sujeto y el Otro, el sujeto y sus objetos de consumo, asistimos hoy a la muerte del deseo, la agonía del EROS[1], la decadencia de la cultura.

Medio entre lo real inaccesible y su imposible representación[2], lo obsceno surge hoy en lo ultra visible sin suscitar la reacción subjetiva inherente al viejo aggiornamento neurótico. Así el sujeto, refractario a la sorpresa y división provocadas por la súbita aparición de la imagen obscena, revela su adicción a la mera vida, su apatía, su intrascendencia.

¿Qué es obsceno hoy? Todo acto demostrativo relativo al cuerpo, el sexo o la muerte, ajeno a la vieja mirada neurótica o ritualizada, a saber la mirada del EROS. Si, sin secreto no hay obsceno, lo obsceno hoy es la explotación comercial de la intimidad o del secreto que no existe, la objetivación narcisista del sujeto en pos de una plusvalía, el reemplazo de la representación imposible por la mostración interesada, la intrascendencia de la mera vida. Cito algunas imágenes de Épinal. Primero, la obscenidad neoliberal de la riqueza denunciada por Marcuse[3] y la exhibición impúdica de sus mercancías en la perspectiva de la segregación social de sus "víctimas" y la complicidad de sus políticos e intelectuales. Segundo, el arte hiperrealista y su exclusión de toda fantasía a diferencia de la estética del erotismo-velado. Tercero, la falta de realidad existencial de un arte que reduce su valor a la función de entretenimiento, y en última instancia, como lo denuncia Warhol, a la mera transacción mercantil, a saber a su precio en el mercado.

Han, B-Ch. señala bien que, en nuestra sociedad, todo, incluido el cuerpo, se ha vuelto mercancía, que el valor de cada cosa reside en su capital de atención, que lo invisible no existe por no generar ningún valor de exposición, ninguna atención, y que las imágenes, denudadas de toda dramaturgia, se han tornado pornográficas, transparentes[4]. El sujeto surge hoy destituido del ideal de trascendencia en el ticket de entrada al lazo social, y por eso necesita hacerse un nombre a través del hacerse ver. ¿Cómo opera el psicoanálisis sobre este sujeto sin distancia originaria con el Otro y aferrado obscenamente a la mera vida?

La mirada analítica no es la mirada pagana y creacionista del capitalismo, ésa que confiere per se existencia al sujeto según la fórmula: me miran, luego existo, léase gozo, luego existo. Esa mirada es engañosa ya que no mira al sujeto en su radical diferencia sino como simple objeto susceptible de captura especular, atrapándolo en una imagen glauca. La mirada preeminente hoy es la que Breton supone al ojo en estado salvaje[5], o mejor: la mirada del ojo caníbal.[6] No hay entonces imperio escópico organizado sino un enjambre de imágenes obscenas, sin mirada, que desnudan el sexo y el amor, y la voracidad de un ojo caníbal que consume todo sin discriminación ni tabú. Literalmente consumimos imágenes y somos consumidos por ellas, siendo la cuantificación de ese consumo lo que determina per se el valor del sujeto en el mercado, a saber el rating. Nada provoca más herida narcisista hoy que el anonimato. El éxito del acercamiento ofrecido por las nuevas tecnologías de la comunicación se funda en esta herida del ego.

Dicho esto, desde el punto de vista de la cultura, discurso capitalista y discurso analítico difieren en su dirección de sentido. Si el capitalismo des-erotiza obscenamente el mundo, la erótica del dispositivo analítico, conduce, como lo señala LACAN, a un encuentro del sujeto con una vergüenza particular: la vergüenza de no ser capaz de morir de vergüenza.[7] Pero el deseo del analista no se detiene allí, debiendo conducir al sujeto a una topología de más allá de la vergüenza, allí donde éste debe hacer frente a su obsceno fundamental. Así el psicoanálisis puede honrar al sujeto, despegarlo de la obscenidad de la mera vida, y operar un movimiento anticapitalista.

NOTAS

  1. Han, B-C, La Agonía del Eros, Barcelona, Herder, 2014.
  2. Lacan, J., Le Séminaire, Livre XXIII, Paris, Seuil, 2005
  3. Marcuse, H., Un ensayo sobre la liberación, México, Mortiz, 1968
  4. Han B., La Sociedad de la Transparencia, Barcelona, Herder, 2012
  5. Breton A., El surrealismo y la pintura
  6. Manzo M., Murua, M. (pintor), Viña del Mar, TELL MAGAZINE, 2012
  7. Lacan, J., Le Séminaire, Livre XVII, Paris, Seuil, 1991, p.211