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Experiencia de trabajo en el cartel
Gladys Martínez

Para mí el trabajo en el cartel siempre ha sido la puesta a prueba de lo que implica trabajar por un deseo propio desconsistiendo el trabajar para el Otro u otros, tan característico de mi neurosis. Por esto, aunque cada vez haya recogido importantes satisfacciones y haya logrado avances en la construcción teórica del psicoanálisis, cada nuevo comienzo y recorrido en un trabajo de cartel, me confronta a la pereza y el horror de la posición neurótica frente al saber. En mi caso la pereza no es tanto en torno al trabajar, porque tiendo a responder a las demandas del otro con cierta aplicación, sino en este punto de trabajar para sí mismo, sin pedido, al propio ritmo y cause del deseo.

Cuando me topé con el psicoanálisis aun no había nacido la NEL pero existía en mi ciudad una Asociación del Campo Freudiano donde se desarrollaba un trabajo importante en intensión y extensión. Me llevó a ese recinto el amor en casi todas sus formas, y muy recién llegada, me llegó de quienes son mis colegas ahora, la invitación a conformar un cartel. Lo novedoso del dispositivo, la fuerza contingente del encuentro con un discurso inédito para mí y el punto de detención de lo desaforado errático que mi análisis personal empezaba a propiciar, hicieron que aceptara y naciera el deseo de quedarme allí, pese a todas las inhibiciones del momento. ¿Será cierto que este dispositivo salvaguarda un agujero en el saber? ¿Qué lugar tendría mi ignorancia y que aportaría ella a los ya recorridos que trabajarían conmigo? ¿Obtendría algo propio al final y no la recitación del saber de los otros? Si bien había cierta increencia y una cierta incomodidad frente a cualquier cosa que pudiese erigirse como Ideal incuestionable, el dispositivo mismo, encarnado en los particulares otros que lo hicieron posible, se constituyó en la mejor entrada que pudiera haber tenido para el estudio del psicoanálisis. Pude vivir, desde el inicio y en carne propia, que el artificio inventado por Lacan era una joya y un instrumento sin igual del cual valerse para hilvanar, hilar, tejer, en un pulso intrínseco a la partitura polifónica propia, esos conceptos fundamentales tan complejos y en constante construcción. Artesanado solo posible por la confrontación de y con los otros que rompe el reinado de la voz hegemónica del que se cree o al que se le cree saber, el bla bla ameno y entretenido del grupo así sea en la discordia y el aislamiento o mudez del soliloquio interior.

Salí atravesada por esa experiencia inaugural con una pregunta fecundo en el bolsillo: Se trataba del concepto de Represión primordial de Freud que los cartelizantes y el Mas Uno hicieron muy bien en preservar como enigma: ¿Cómo puede haber algo originariamente reprimido? ¿Cómo es que puede estar reprimido algo que nunca se inscribió?

Después de muchas vueltas de la vida, experiencias y travesías subjetivas, esta pregunta está más que nunca vigente para mí en el actual cartel del cual hago parte. Elisa Alvarenga, Mónica Pelliza, Ana Viganó y Clara Holguín en el cartel sobre Posición Femenina, me acompañan valiosa y pacientemente en no permitirme retroceder frente a este agujero en el psiquismo que Freud articuló en su tiempo como represión primordial. El agujero en cuestión es la ausencia irremediable de un significante que nombre lo que ser mujer es, lo femenino y su goce. Este hecho de estructura está inevitablemente presente en la temática que nos unió y convocó, pero también en el dispositivo mismo que la función Mas Uno, encarnada, soporta y sostiene. Así como en una primera experiencia abrí por primera vez los textos de Freud, hoy intento no naufragar en lo abstracto de la topología del seminario 23 de Lacan.

Todo trabajo en un cartel es experiencia, y como toda experiencia, siempre es nueva, así tenga puntos en común con otras; pero en la que vivo actualmente hay un elemento adicional: este es un cartel inter-escuelas, en el cual nos reunimos de manera virtual, vía Skype. Pero me parece importante señalar que el momento de armarlo surgió de la alegría de un encuentro real en las Jornadas de la NEL en Medellín después de un trabajo realizado y compartido. Vivimos en países y horas diferentes y no se encuentran nuestros cuerpos, mas sí nuestras voces. Y esta posibilidad que favorece la herramienta tecnológica ha tenido el inmenso valor de permitirme traspasar un poco las fronteras o linderos de la sede local. Me ha permitido amarrarme al trabajo de Escuela de una manera diferente, saliendo al encuentro de otros estilos, de otros recorridos, que oxigenan y enriquecen el recorrido propio y que, en su retorno a la sede, me autorizan a tomar la palabra con menor inhibición, producto de lo que se activa en cada reunión. Si bien el hecho de no estar bajo la mirada de las otras ha favorecido el que pueda plantear de manera más genuina y abierta mis preguntas propias, no por ello la división subjetiva ha sido menor. De ella ha acusado recibo mi cuerpo. El articular en voz alta y en borrador los aspectos trabajados o la contingencia de algo planteado en la discusión grupal, también ha posibilitado que pueda despegarme de ciertas fantasmagorías que siempre hacen obstáculo a la elaboración. Después de cada una de nuestras reuniones compruebo cuánto lo elucidado teóricamente está amarrado al momento en el que se está en el propio análisis y esto ha potenciado en mí el que esos puntos no analizados se quieran llevar al diván, con esa fuerza contundente que no es la del propósito consciente. Cuando estos puntos son trabajados allí, permiten un avance operativo de conceptos y nociones, para que no constituyan aparatosas edificaciones teóricos, sino sencillos recintos de cimientos firmes, esos de los que es capaz el saber que proviene del cuerpo.