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Presencia del analista. Del inconsciente transferencial al inconsciente real
Heidi Gehler

Sabemos por Lacan que la presencia del analista es una manifestación del inconsciente y, Miller añade que la forclusión de La mujer que implica la no relación sexual, es el resorte de la menor de las formaciones del inconsciente, que existen y afloran mientras se es un ser hablante. Por ello, ningún analista, ya sea nominado o autorizado por sí mismo, está exceptuado o libre de intentar esclarecer su relación con el inconsciente. No lo estuvo Freud, tampoco Lacan, no lo está Miller. Lo anterior implica una decisión ineludible de parte del analista, que resulta de su propia experiencia de análisis.

Lacan dio como referencia del psicoanalista al guerrero aplicado de Jean Paulhan, como la de aquel que cumple su deber sin un apego a la tarea, sin necesidad de justificarse por medio de un ideal. Miller dice que se trata de alguien desapegado, alguien que hace lo que hay hacer pero alejado de las pasiones. Desapego entonces, para decir además algo de la posición que conviene al analista, en tanto su acto consiste en despegar el significado del significante, reconduciendo al último, hasta su desnudez, cuando no se sabe ya qué quiere decir; cuando el goce hace su entrada en el análisis. El analista debe operar desde el sentido hasta el sinsentido, convocando a lo real. Desde el Unbewusste freudiano, del inconsciente reprimido, apuntando a liberar el sentido reprimido del síntoma; a una dimensión más real que Lacan escribió como la Une-Bévue, el inconsciente como una-equivocación, como agujero real en lo simbólico y como un sinsentido irreductible del goce. Este pasaje implica la presencia, pues para apuntar al goce, se necesita que haya el cuerpo. Una presencia de carne y hueso para apuntar a hacer resonar, a hacer vibrar el goce.

Dos modos distintos de la presencia del analista en el inconsciente, según sea la posición de su acto, acto que compete a la causa y no es del orden de hacer.