
El Яeverso Virtual

( juperez@une.net.co )
Consultores:
María Hortensia Cárdenas
Fernando Gómez
Marita Hamann
Patricia Tagle
Todos los miembros y asociados de la NEL están invitados a participar en el boletín con sus textos, comentarios, notas y observaciones en torno a las V Jornadas
En este número:
A pesar de que pueda resultar un poco tardía la difusión del texto de Pierre Malengreau que divulgamos en el presente número, sobre la construcción de un caso clínico, lo hacemos por su evidente interés para cualquier interesado en la clínica psicoanalítica. La traducción fue realizada por Patricia Tagle para el Яeverso Virtual.
Malengreau considera aquí la misma problemática a la que se refirió Claudia Velásquez en el número 7 del boletín, bajo una perspectiva parcialmente diferente, al acentuar algunos problemas epistémicos de importancia significativa en la construcción de un caso. En este sentido lo complementa. Y lo hace a partir de mostrar que los diversos usos posibles de un material clínico plantean una pregunta central: “¿Existe una manera de hablar de sus casos, propia al psicoanálisis?”
En esa perspectiva, asume el examen del problema partiendo de la idea de que al darle un lugar a lo real de la clínica en el modo de relatar un caso, el analista lacaniano no puede reducirse a un “¡Pues bien! está invadido de goce”, según la expresión de J.-A. Miller al respecto. El lector sin duda sabrá extraer no pocas enseñanzas de este valioso texto.
Al lado del artículo de Malengreau figura en este número una reseña muy oportuna y clara, elaborada por Laura Benetti y Yovana Pérez de la NEL-Lima sobre el importante libro de Jean-Claude Maleval acerca de las locuras histéricas. Las autoras consiguen precisar un hecho elocuente pero tantas veces descuidado: es impropio identificar la psicosis con la locura. No disponer de este criterio conduce a múltiples errores (diagnósticos u otros) con consecuencias importantes en la clínica y aun más allá de esta, como tristemente lo ilustra toda la historia de la psiquiatría, el espíritu manicomial de Occidente y hoy la clínica abrasiva del medicamento. Seguramente la mesa de discusión sobre las psicosis ordinarias que se efectuará en octubre se referirá a temas como este que es propuesto desde Lima en esta ocasión.
Lo anterior justifica retomar el clásico de El Bosco Stultifera navis que los lectores de Foucault en español recordarán no sin nostalgia y el cual ilustra este número.
Juan Fernando Pérez
Director V Jornadas de la NEL
Pierre Malengreau
ECF
¿Existe un modo de presentación clínica que favorezca la elaboración de un problema clínico como tal?, se pregunta Eric Laurent en “La Lettre Mensuelle”. [1] La pregunta admite un doble abordaje: ella apunta tanto al material clínico presentado como al uso que hacemos de él para fines múltiples, de enseñanza o de transmisión, de mostración o de demostración. Vale la pena desdoblar la pregunta así, en la medida en que un cierto uso de la clínica y por tanto, del caso, puede, ocasionalmente, incidir sobre la propia clínica de donde lo extrajimos. ¿Qué uso hacemos de nuestros casos en nuestras exposiciones, en nuestras enseñanzas? ¿Existe una manera de hablar de sus casos, propia al psicoanálisis?
La clínica psicoanalítica exige una aproximación al caso que no desmienta, de inicio, su perspectiva. Ella supone un abordaje del caso que incluye la orientación de la experiencia en dirección a lo real. La experiencia de lo real en un psicoanálisis es la experiencia de un encuentro que se esquiva. [2] Dos dimensiones de lo real se conjugan en esa definición, una concierne a lo real como encuentro, como efracción, y la otra concierne a lo real como fuera de sentido. Un abordaje del caso coherente con esa orientación en dirección a lo real supone la inclusión de la contingencia en su propia construcción. “La clínica psicoanalítica interroga a los psicoanalistas, con el fin de que ellos puedan considerar lo que su práctica contiene de inusitado”. [3] Lacan nos invita a tomar en serio el hecho de que existe, en la experiencia psicoanalítica, un componente de azar que forma parte de la propia experiencia, y que es por tratar eso “de la buena manera” [4] que tenemos alguna oportunidad de transmitir lo que ella tiene de específico. ¿Qué lugar damos a lo real de la clínica en el modo de relatar nuestros casos?
Una observación de Jacques-Alain Miller en La Conversación de Arcachón, nos permite desdoblar esta pregunta. Evocando ciertos fenómenos de irrupción libidinal, J.-A. Miller insistía sobre la necesidad de situarlos en sus procesos simbólicos. Sin eso, decía él, nos encontramos en una clínica a la cual, retomando una expresión de E. Laurent, “me gustaría retorcerle el pescuezo”, una clínica que se contenta con un
“¡Pues bien! está invadido de goce”. Y no estamos lejos del pulmón de Molière: “– ¿Por qué aparecen placas sobre el cuerpo del paciente?/ Es un efecto de goce /– ¡Ah!, bueno, está bien”. No digo que es lo que hacemos aquí, sino que siempre hay que intentar restituir eso a lo que tenemos acceso de la fase de alienación, para dar su justo lugar a los fenómenos que dependen de la separación. [5]
Esta nota de J.-A. Miller, extraída de su contexto, deflagra y opone dos abordajes del caso y, por tanto, dos concepciones de la clínica. La primera hace las delicias de una clínica que se podría llamar objetiva. La clínica objetiva se apoya sobre lo que se observa, sea desde un punto de vista inocente o advertido. Ella usa el significante amo para fines de identificarlo. El concepto de goce, a la cual él hace referencia, se transforma, en ese caso, en un instrumento de observación, y pierde su pertinencia conceptual por no ser tomado de lo real de la experiencia. No es sobre ese uso de los conceptos que el psicoanalista lacaniano deber regular su abordaje del caso. La otra clínica, que se podría llamar demostrativa, se apoya sobre un modo de construcción del caso que tiene en cuenta la imposibilidad de decir todo, y aún, para retomar el contexto de Arcachon, que considera que la construcción de la operación de alienación, por más elaborada que esté, jamás podrá recubrir lo que se opera del lado de la separación. Esa clínica, fundada sobre la temporalidad freudiana del aprés-coup, tiene necesidad de instrumentos que no dependan más de los métodos de observación sino de aquellos de la lógica. La articulación desarrollada por J.-A. Miller en su “Homólogo de Málaga” [6] entre la noción intuitiva de la serie y la teoría de las secuencias, nos puede servir de guía en este contexto.
La experiencia analítica es, desde el inicio, una experiencia de seriación de los significantes que importan para el sujeto. Se trata, para él, de aprehender los diferentes trayectos, recuerdos, identificaciones que marcaron su historia. Es de ahí que partimos. Nosotros partimos del paso a paso de una puesta en serie de aquello que importa para el analizante. La construcción del caso pasa desde el inicio por esa localización. Eso no es, entretanto, específicamente psicoanalítico. Describe el orden simbólico en el cual un sujeto está enredado, no es lo propio de una práctica orientada en dirección a lo real. [7] La localización y puesta en serie de las identificaciones y de los significantes regresivos podrían muy bien llevarnos a lo que Lacan denomina el “engaño común de la comprensión.” [8] ¿No sería preciso, entonces, que apareciera también, en nuestras construcciones, la falta de un significante en la cadena de los significantes que determinan al sujeto, y la consideración de que esa falta no es accidental? Esa falta debe, por tanto, ser señalada de modo preciso, si queremos cercar, con más precisión, lo real en juego en nuestra praxis.
Es sobre ese punto que una teoría de las secuencias nos puede servir para concebir una construcción del caso que convenga al psicoanálisis. J.-A. Miller distingue dos tipos de secuencias. La primera, llamada normal, es “aquella que nosotros vamos a extraer de un todo”. Es una secuencia sin sorpresa. Ella se presenta de una manera enteramente determinada. Frecuentemente, convincentes por su forma, las construcciones del caso que se apoyan ahí dejan tras ellas una impresión de déjà vu, reforzada por la ausencia de aspereza clínica.
J.-A. Miller hace valer otro tipo de secuencia, una secuencia que se autoriza de la aproximación entre la lógica del tratamiento y la lógica de la posición femenina. Esa secuencia se distingue de la precedente por apoyarse sobre esa falta muy particular a los ojos de lo universal, que Lacan designa en términos de no-todo:
El no-todo propiamente lacaniano no debe confundirse con el no-todo de la incompletud, con el cual no tiene nada que ver, del cual es su opuesto. El no-todo de la incompletud es aquel que nosotros podemos aprehender bajo la forma de un elemento que falta al conjunto. El no todo lacaniano es totalmente distinto. Es el no-todo indecidible. [9]
El ejemplo propuesto por J.-A. Miller, a propósito de un comedor de golosinas, evoca el ejemplo del juego de cartas que provoca disputas entre los niños y que denominamos “batalla”. Cada vez que dos jugadores ponen sobre la mesa una carta, ellas forman una secuencia determinada por una regla que dice que la carta más alta gana. Supongamos que introdujésemos una regla suplementaria que acrecentase una carta, un comodín, por ejemplo, de tal suerte que, teniendo esa carta cualquier valor, el jugador que la tuviese pudiese utilizarla como le plazca, o no utilizarla en absoluto. Eso cambia todo el juego. Ese nuevo dato introduce en la secuencia un elemento aleatorio, una incógnita. Lo que proporciona al juego de batalla una estructura de encuentro, de tyché, que implica al deseo del jugador. Tenemos ahí otro tipo de secuencia, una secuencia que comporta una incógnita, un agujero en la propia secuencia.
La construcción del caso propia del psicoanálisis, podría encontrar ahí un asiento lógico. En ese caso se trataría de construir una secuencia que hiciese aparecer, en ella misma, la falta de un término, la parte de indecidible que ella comporta. Eso consiste, concretamente, en hacer aparecer, en la secuencia, la incidencia de lo no programado. La única secuencia que convendría a la construcción del caso para el psicoanálisis sería, entonces, una secuencia que incluiría la parte inusitada de la experiencia. Ciertos testimonios de pase van en ese sentido. Ellos podrían servir de ejemplos para nuestras construcciones.
Seguramente podríamos hacer una objeción a este modo de ver, según la cual, una secuencia, después de construida, se torna una descripción del caso. Sería subestimar la invitación de Lacan para tomar en serio lo que la experiencia analítica debe a lo real del encuentro. La inclusión del “como por azar” [10] en la construcción del caso no vale solamente para la secuencia construida, vale también para el uso que hacemos de ella. La clínica demostrativa se muestra por eso indisociable de la Escuela. Clínica objetiva y clínica demostrativa aquí se oponen. La primera espera del compañero amor y reconocimiento. La segunda incluye la interlocución. Ella invita a la conversación y ofrece al debate un material secuencial que lo torna posible. La clínica demostrativa se ofrece como “un compañero que tiene la oportunidad de responder”. [11] Ella se inscribe, por eso, en una transferencia de trabajo.
Notas
[1] E. LAURENT. « Poétique pulsionnelle ». Dans La Lettre Mensuelle, No. 198, p. 2.
[2] LACAN, Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse, p. 53.
[3] J. LACAN. « Ouverture de la section clinique ». Dans Ornicar ?, n° 9, p. 14.
[4] J. LACAN, Le sinthome, séance du 18/11/75. Seuil, Paris, 2005.
[5] La conversation d’Arcachon. Le Paon-Agalma/Le Seuil, 1997. pp. 249-250
[6] J.-A. MILLER, “Homologue de Malaga”. Dans Revue La Cause freudienne, n° 26, 1993.
[7] E. LAURENT, « Logique du temps et modes du sujet ». Dans Cahier de l’ACE-Val de Loire et Bretagne, n° l, 1993.
[8] J. LACAN, « La direction de la cure ». Dans Ecrits, p. 636.
[9] J.-A. MILLER, « Homologue de Malaga ». Dans Revue La Cause freudienne, n° 26, 1993.
[10] J. LACAN, Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse, p. 54.
[11] J. LACAN, « Introduction à l'édition allemande des Écrits ». Dans Autres écrits, Le Seuil, 2001, p. 558.
Traducción: Patrícia Tagle
Laura Benetti
Yovana Pérez
NEL-Lima
La Biblioteca de la NEL-Lima ha programado una serie de Noches dedicadas a la preparación de las V Jornadas de la NEL. La psicosis ordinaria y la histeria son dos de los ejes de trabajo de este evento. Para abordar estos temas, Yovana Pérez estuvo encargada de la presentación de los dos primeros capítulos del libro “Locuras Histéricas y Psicosis Disociativas” de Jean Claude Maleval, (Paidós, Buenos Aires, 2004) a partir de lo cual fue posible encontrar argumentos que nos permitieran discernir con propiedad en torno a estas complejas categorías diagnósticas. Laura Benetti y Yovana Pérez han elaborado para El Reverso Virtual una reseña del trabajo realizado en este espacio (M. Hamann).
En los tiempos de Briquet, Griesinger, Kraft Ebing, Janet, Guilles de la Tourette existía en la clasificación psiquiátrica el término de locura histérica, con el que se designaban aquellas manifestaciones graves de la histeria que incluían producciones delirantes y alucinatorias. En las primeras décadas del siglo XX, como consecuencia del rechazo a la obra de Charcot en Francia, de la introducción del concepto de esquizofrenia en Alemania y de la separación que hizo Freud entre la histeria y sus manifestaciones delirantes, la noción de locura histérica desapareció de los glosarios de enfermedades mentales, dejando un vacío nosográfico que fue llenado por distintas variantes de la psicosis, en particular por la esquizofrenia. Enmascarada en este diagnóstico y silenciosa, sobrevive aun la locura histérica.
Jean Claude Maleval, basándose en el estudio de casos de su práctica y en numerosas referencias a otros trabajos clínicos, establece la especificidad de la locura histérica en relación a la psicosis precisando que, en la primera, las formaciones delirantes se producen por una perturbación de la relación con la imagen especular y no por el colapso de lo simbólico. El histérico delirante no se enfrenta al vacío de la forclusión del Nombre del Padre ni a la angustia de nadificación que padece el psicótico; el fundamento de su delirio está en la angustia de castración ante la cual, lo intolerable no puede ser abordado con las defensas histéricas ordinarias sino mediante el mecanismo de proyección delirante. En el delirio histérico se asiste a un verdadero drama de lo imaginario en el cual el elemento central tiende a focalizarse en una imagen especular investida fálicamente o en un doble del sujeto.
Para comprender mejor esto, el autor recorre la elucidación lacaniana de lo siniestro en su vínculo con la angustia: mientras que en la relación ordinaria con la imagen especular el falo es irrepresentable porque no hay imagen de la falta, en la experiencia de lo siniestro, cuando sobreviene la angustia, el sujeto se ve confrontado no con la interrogante proveniente del agujero, sino con la falta de la falta y entonces, el falo adquiere súbitamente representación. La falta misma logra encarnarse en una imagen de omnipotencia (el doble siniestro) con la cual el sujeto establece una pura relación dual que limita la intervención de un tercero.
“A pesar de todo hay que dar un paso más, –como dice Lacan en RSI– sin el cual no se comprende nada del lazo entre la castración y la interdicción del incesto. Esto es, ver que el lazo es lo que yo llamo la ‘no relación sexual’ ”. “La relación sexual no la hay, pero eso va de suyo. No la hay salvo la incestuosa”, (Seminario 24). El valor de ese agujero o de ese obstáculo como lo llama Lacan en el capítulo 6 del seminario 17, radica en ser obstáculo para toda investidura de un objeto como causa de deseo.
En efecto, en los casos trabajados en el texto, el delirio histérico es algo que aparece luego de un exceso de satisfacción, de un colmamiento que acontece en el sujeto y que es vivido como un desborde ilimitado. Es un encuentro con el objeto sexual que conmueve la defensa contra el fantasma del incesto.
Lo que desató el delirio de María (primer caso trabajado en el texto de Maleval), lo verdaderamente traumático, fue la sostenida presencia de una situación que le impedía preservar el deseo insatisfecho: la relación sexual con un joven que la requería incansablemente. El delirio de influencia de Natalia, [1] apareció ante la demanda de matrimonio hecha por un pretendiente que le resultaba atractivo y cuya insistencia, a pesar del rechazo, le hizo imposible a la joven tomar distancia de lo traumático.
En ambas situaciones faltó la falta, la intensa actualización de los fantasmas incestuosos determinó el fracaso de la represión y las representaciones inasumibles del sujeto fueron captadas por la imagen de su doble proyectada en el lugar del Otro (Tausk halló que la máquina de influir de Natalia, que la poseía y la sugestionaba, era una proyección de su propio cuerpo identificado con el falo).
Si en el desencadenamiento psicótico el sujeto es nadificado por el encuentro con Un padre en lo real que derrumba las coordenadas simbólicas en las que se sostenía, sucumbiendo ante la pulsión sin que un sentido sexual lo oriente, en la locura histérica, en cambio, lo imaginario se desata por el encuentro con un goce inadmisible que adquiere el valor de La relación sexual prohibida, insoportable, como lo es el goce que produce.
El mecanismo de proyección es capaz de generar fantasmas oníricos en la realidad, yoes desdoblados, perseguidores imaginarios. En efecto, el drama del histérico es el drama de la identidad de su personaje mientras que el drama del esquizofrénico es el de su propia identidad. Se trata, no de la abolición de algo al interior que retorna desde fuera, sino de algo reprimido que se proyecta en el exterior, mecanismo que también opera en el sueño. El delirio histérico tiene entonces la estructura de un sueño y es tan descifrable como aquel –no es casual que en una época se le aislara con el término de delirio onírico y se estableciera su analogía con el sonambulismo y los estados segundos–.
Algo similar comenta JAM en Seis fragmentos clínicos de psicosis, a propósito de un caso en el que hay una duda diagnóstica (“La vida alterada de la palabra”, de Carmen Cuñat): “Se trata entonces de una histeria que encuentra cierta salida en la dedicación a los necesitados. Sobre ese fondo vamos a ver cómo se inscribe la experiencia delirante que podría objetar la trama histérica del caso. En esta experiencia se revela que es querida por Dios, no se dice que haya oído una voz sino que se revela –esta distinción es muy importante para el diagnóstico diferencial–. El efecto de esta revelación la lleva a hablar con un sacerdote que la tranquiliza. Hay que destacar que ella no le pide al sacerdote que haga un reordenamiento del mundo, sino que le pide que la tranquilice, lo que resulta absolutamente compatible con la histeria. No olvidemos, por otra parte, que en la histeria puede haber alucinaciones en las que el deseo se vuelve realidad. Son siempre alucinaciones con un estilo onírico, donde se realiza un deseo, a diferencia del psicótico de G, al que las alucinaciones le producían rebeldía e incredulidad.” [2]
Considerado como un síntoma, el delirio histérico está claramente dirigido al Otro y, por ende, hay capacidad para la transferencia. Los significantes que lo configuran son tomados del propio entorno del sujeto quien nunca deja de ser permeable a él. Todos los elementos configurantes de la estructura histérica aparecen en su versión delirante: carácter metafórico del delirio, la erotización del mismo, su organización en torno a la temática edípica, la significación fálica, la culpabilidad sexual, la falicización del cuerpo, la insatisfacción esencial del deseo, el Amo idealizado. El histérico delirante es, al igual que en la histeria ordinaria, un sujeto que no ha podido habitar su cuerpo sexuado y su sufrimiento se debe al enigma insoluble de su goce. Finalmente, como señala Lacan en el seminario 17 a propósito de la conversión histérica, antes que de “complacencia somática”, como se expresaba Freud respecto de la conversión, en la histeria se trata más bien del rechazo del cuerpo y de la implicación en el goce que lo habita.
En la actualidad, los espíritus ya no hablan como antaño por la boca del histérico occidental. En su versión moderna, la locura histérica puede organizarse en torno a los significantes demoníacos del presente (máquinas, microbios, ondas, órganos), pero de todos modos la encontramos si no nos apresuramos a estampar una categoría psiquiátrica cualquiera que resuelva el enigma que nos suscita.
Notas
[1] Caso estudiado por Víctor Tausk en su texto de 1919 “Sobre la génesis de la máquina de influir en el curso de la esquizofrenia”.
[2] Jacques-Alain Miller. Seis fragmentos clínicos de psicosis. Tres Haches, Buenos Aires, 2000. pp. 75-76.

Stultifera Navis (La nave de los locos)
El Bosco
Lima, octubre 17, 18 y 19 del 2008